jueves, 11 de diciembre de 2008

Mi conforontación con la docencia y mi aventura de ser docente

A continuación les publico los trabajos del Módulo 1 referentes a "Mi confrontación con la docencia" y "Mi aventura de ser docente".
Mi confrontación con la docencia
En el año de 1986 egresé de la carrera de Químico, insegura y con el temor de enfrentarme a los retos de lo desconocido, pero con la ilusión de poner en práctica lo aprendido en una situación real y aprender de esa realidad. Toqué las puertas de una empresa maquiladora de sardina solicitando me dieran la oportunidad, no de que me emplearan sino de practicar en el área de control de calidad del empaque de sardina, pues me daba temor echarme a cuestas cualquier responsabilidad y peor aún en el ámbito de la producción de alimentos, ya que sentía la necesidad de fortalecerme previamente para hacer un orden de ideas de mi nueva vida como profesionista y poder enfrentar los retos que conlleva el ejercicio de cualquier profesión. Se me dio la oportunidad y al mes fui contratada y mis obligaciones y responsabilidades fueron en aumento, era un trabajo extenuante que tenía una hora de entrada mas no de salida, pues se empacaba en función a la producción de los barcos, a veces doble turno, domingos y días festivos había que trabajar, se manejaba bastante personal con distintos criterios, la mayoría con muchos años de labor pero con un nivel de educación muy limitado, lo que hacía aún mas ardua la tarea, pues hacerle comprender a esas personas que debían modificar ciertos aspectos en el proceso de producción y se tenía que hablar de manera personal con cada una de ellas o bien detectar a las líderes para negociar a través de ellas y hacerles ver los nuevos criterios a emplear para lograr la producción con los requisitos que el mercado nacional y el extranjero nos estaban requiriendo. En junio de 1988 me casé y fue ahí donde empecé a resentir el tiempo que pasaba en la planta empacadora y por esa época una compañera de carrera y maestra del Cutis 40 me invitó a trabajar ahí, pues se estaba ofreciendo un interinato como auxiliar en el Laboratorio de Química, a lo que en primera instancia me resistí ya que cuando hice el servicio social de la carrera tuve que impartir asesorías de Química I y no me sentí nada bien haciéndolo y juré que “nunca daría clases”, por lo que llegué a un acuerdo con mi jefe y tomé el interinato para “probar”, pues me decía a mi misma que los alumnos serían más jóvenes y además tenía la experiencia del manejo de personal en la empacadora y quizás eso sería un buen punto a mi favor. Debo confesar, que otra cosa que atrajo era que si me llegaba a quedar con la plaza trabajaría de lunes a viernes, en cierto horario y si venían los hijos tendría mas tiempo para ellos y coincidiríamos en los periodos vacacionales y convencida de ésto: ACEPTÉ. El emprender un nuevo rol donde transmitiría mis conocimientos universitarios a un grupo de adolescentes me resultaba en verdad interesante, porque en ese momento no me importaba involucrarme mas allá de lo que creía era “mi función”, pues suponía que con limitarme a saber por lo menos un apellido del estudiante y exigirle una buena nota era mas que suficiente, ya que era la relación maestro-alumno que yo había tenido. Pero el diario convivir con los alumnos, el observar su comportamiento, necesidades e inquietudes me marcó una pauta en el ejercicio de la docencia que estaba llevando a cabo y me hizo abrir nuevos canales de comunicación; reconocer la heterogeneidad del grupo, la problemática individual y sobre todo las limitaciones que cada uno de nosotros poseemos para así aprovechar al máximo aquellas habilidades y capacidades con que se cuenta; comprendiendo que era imposible valorar a todos con la misma regla y que era tiempo para abrirme a la capacitación pedagógica sobre la enseñanza, pues resulta triste darte cuenta que careces de los elementos técnico pedagógicos y de estrategias bien elaboradas para impartir una clase y sobre todo que se empiece a reflejar en el desempeño del grupo. Por otro lado resulta gratificante, que después de hacerlo, uno de ellos te dé las gracias por haberlo guiado en su paso por el bachillerato o que después de ser todo un profesionista regrese a su escuela y te diga que siempre recuerda tus clases o que influiste en la decisión de seleccionar esa profesión. Después de hacer esta confrontación entre la carrera que estudié y la profesión a la que hoy me dedico, estoy plenamente convencida de que así como me exigí para enfrentarme a llevar a la práctica mi profesión como Químico también debí haberme preparado para actuar con profesionalismo como Docente desde un principio para poder responder a los retos que exige el aprendizaje significativo. Hoy sé que la docencia es lo mío, porque la disfruto.
Mi aventura de ser docente
Conforme me adentraba mas y mas en el texto “La aventura de ser maestro” del pedagogo José Manuel Esteve obligadamente me hacía reflexionar sobre el cómo me inicié en la docencia; hasta pareciera que se me estaba presentando mi propia retrospectiva de mis inicios en la docencia al empezar a vivir aquellos momentos en los que sentía que todo mi cuerpo temblaba al igual que mi voz frente a un grupo de adolescentes, donde no veía la hora que tocaran el timbre y salir casi corriendo para evadir cualquier cuestionamiento. Por lo anterior, estoy de acuerdo con Esteve cuando afirma “se aprende a ser profesor por ensayo y por error” y que “corrigiendo errores y apuntalando lo positivo” se puede llegar a ganar la libertad de ser profesor, así mismo, acepto que el primer problema para alcanzar esa libertad es adquiriendo tu propia identidad profesional, para lo cual se requiere, aceptar con toda humildad, que somos nosotros los que estamos al servicio del aprendizaje de los alumnos y no al revés, ya que el docente es quien tiene que realizar una reconversión entre lo que sabe y cómo se lo hará llegar. También recuerdo como esos gestos de sorpresa, duda y de aburrimiento me fueron obligando a buscar la forma mas adecuada para comunicarme con el grupo dependiendo del clima que quería propiciar y que obligadamente me fueron retroalimentando para variar mi estilo de impartir una clase. Al igual, esta lectura me hizo recordar que si no hay disciplina en el docente mucho menos la habrá en el alumno y por consiguiente el producto esperado no se alcanzará, pues al momento de dejarles una investigación de una tema cualquiera me concretaba muchas veces a darles solo el nombre al término de la clase sin señalar nada mas y cuando el alumno lo que quería era salir de ese ambiente y, obviamente, no cumplían con mis expectativas, pues pareciera que quería que adivinaran mi pensamiento. Fue en este momento cuando comprendí que la tarea de enseñar va acompañada de otras funciones, ya que al organizar la clase debo establecer todos aquellos aspectos conceptuales, procedimentales y actitudinales que considere necesario deben desarrollar en una actividad determinada, así como adecuar los contenidos al nivel del conocimiento de los alumnos y al entorno en el que viven. Esto al final me hace reflexionar en la gran nobleza de la materia prima con la que trabajamos: nuestros alumnos; pues son ellos quienes con toda su problemática tanto de índole personal, como familiar, académica y hasta con ciertas limitaciones influyeron en gran medida para que cada uno de nosotros fuera elaborando su propia identidad profesional al hacernos responsables de su aprendizaje y obligarnos a crecer en el aspecto humanístico. A su vez, el hecho de saber que contribuiste a la formación de tantos profesionistas que hoy en día son exitosos hombres de negocios, maestros padres de familia y otros no tanto pero que han salido adelante, es motivo de orgullo y a su vez justifica el no sentirme arrepentida de haber tomado un día la decisión de dedicarme al 100% a la docencia y dejar a un lado el ejercicio de mi profesión.

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